martes, 26 de junio de 2018

EL AÑO QUE NO HUBO VERANO






EL AÑO QUE NO HUBO VERANO




Fue conocido como “el año sin verano,”, pero también como “el año de pobreza”, “el verano que nunca fue”, “el año que no tuvo verano”, y con el muy gráfico nombre de “Mil ochocientos hielo y muerte”. El año 1816 fue anormalmente frío, y fruto de esa bajada de temperaturas se vivieron fenómenos tan raros en algunos sitios como hielo en julio o nieve en agosto. Descrito por el historiador John D. Post como “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental”, 1816 supuso el punto álgido de la llamada “Pequeña Edad de Hielo” que todo el Hemisferio Norte llevaba viviendo desde 1300 y que duraría hasta 1850.

Naturalmente, las consecuencias para la población fueron catastróficas. No sólo hubo hambre debido a que la mayor parte de las cosechas se malograron, sino que también se vivieron epidemias cuyos efectos duraron muchos años. Además, se gestó el hoy conocido como “Triángulo de oro”, se vivió una efímera (y fracasada) exploración polar y se concibieron algunas obras literarias y artísticas hoy mundialmente conocidas. No ha habido ningún año parecido del que se tenga noticia, ni antes ni después.

El 5 de abril de 1815 el volcán Tambora, situado en la pequeña isla de Sumbawa en la actual Indonesia, entró en erupción. La explosión se oyó en las Molucas, a 1.400 kilómetros de distancia. El gobernador de las islas, Sir Stamford Raffles, pensó que se trataba de un ataque y envió barcos de guerra en auxilio a los navíos y ciudades que creía en apuros. La erupción continuó hasta la mañana del 6 de abril y se fue apagando poco a poco. Sin embargo, esto no fue debido a que la furia volcánica se hubiera aplacado, sino que la lava era lo bastante fría como para solidificarse nada más salir. Esto taponó el cráter del volcán, pero también aumentó la presión en su interior.

Esta presión fue subiendo hasta que la caldera no la soportó más y estalló violentamente a las 7 de la mañana del 10 de abril. La explosión fue de tal calibre que a 2.500 kilómetros de distancia las casas se tambalearon. Poco después empezó a llover ceniza y piedra pómez de hasta 20 centímetros de diámetro. La lluvia de ceniza fue tan intensa y rápida que mató instantáneamente a los 12.000 habitantes de la isla. La lava arrasó lo poco que quedaba. La columna de ceniza superó los 43 kilómetros de altura y ocultó el sol durante dos días en 600 kilómetros a la redonda. Se estima que la erupción liberó aproximadamente unos 140.000 millones de toneladas de material volcánico. Para que nos hagamos una idea, si todo ese material cayera sobre la Península Ibérica quedaría sepultada bajo una capa de ceniza de 27 centímetros de espesor.

La erupción terminó el 15 de abril. La cantidad de muertos producidos por la explosión volcánica y los posteriores tsunamis oscila según la fuente entre 50.000 y 80.000. Teniendo en cuenta la población por entonces de Indonesia, si hoy en día se produjera allí una erupción de esa magnitud el número de víctimas mortales rondaría el millón. Pequeñas columnas de humo siguieron observándose hasta septiembre, y en octubre aún seguían flotando grandes balsas de piedra pómez que incluso llegaron a alcanzar las costas de Calcuta (a 3.600 kilómetros de distancia). La erupción del Tambora es la mayor registrada en la historia reciente de la humanidad y alcanza el valor 7 en el “Índice de Explosividad Volcánica”, que tiene un máximo de 8. El volcán, que antes de la erupción medía 4.300 metros, vio reducida su altura a 2.850 metros.

A medida que la ceniza y los gases liberados por el volcán se extendían por la atmósfera, pudieron observarse espectaculares atardeceres rojos, naranjas y morados por toda Europa y Norteamérica durante el verano y el otoño de 1815. En el este de Estados Unidos, una niebla persistente volvía la luz del Sol de un amarillo pálido, tan denso que permitía distinguir las manchas solares a simple vista. La temperatura iba enfriándose, de modo que en el invierno de 1815 las nevadas alcanzaron el sur de Italia. La peculiaridad estaba en que los copos de nieve tenían tonalidades amarillentas, marrones y rojizas. En Asia, la llegada de los monzones se vio perturbada durante dos años, provocándose graves inundaciones seguidas de grandes sequías.

Pero fue durante el año siguiente en que los efectos de la explosión del volcán se hicieron más agudos. Si bien la primavera era más fría de lo habitual, fue a partir de mayo cuando las consecuencias fueron más evidentes. Así, por ejemplo, en el este de Estados Unidos se produjeron nevadas en junio. Asimismo, una copiosa tormenta dejó Quebec bajo 30 centímetros de nieve, y las aves murieron congeladas en las calles. En Centroeuropa se produjeron tormentas de pedrisco de un tamaño nunca visto y que tuvieron como consecuencia violentas riadas que arrastraron personas, animales y enseres. En España y Portugal, la temperatura media bajó tres grados. En Taiwan, que posee clima tropical, nevó en julio. Durante todo el verano se produjeron heladas en todo el Hemisferio Norte que, entre otras cosas, echaron a perder las cosechas. En algunas zonas del sur de China se produjeron nevadas en agosto. También en agosto se observó hielo en los ríos de lugares tan al sur como Pennsilvania.

Las cosas no fueron mucho mejores en otoño e invierno. Se sucedieron las heladas, el frío y la nieve, mientras que en otras zonas las lluvias torrenciales arrasaban lo poco que quedaba. Asimismo, los años 1817 y 1818 fueron también más fríos de lo normal. Aunque desde luego no alcanzaron el nivel de 1816, el segundo más frío desde 1400, tal y como atestiguan los anillos de crecimiento de los robles.

No obstante, se produjo también el fenómeno inverso en otros lugares. En el norte de Europa el año fue más cálido de lo habitual aunque cayó una cantidad de lluvias tres veces superior a la media. Particularmente Rusia y los países bálticos tuvieron un año más bonancible, algo que tuvo gran importancia como se verá más adelante. En el Polo Norte, la cálida temperatura hizo que hubiera menos hielo lo que dejó navegable gran parte del Ártico. Como veremos, esto también tuvo su repercusión.

Como ya hemos dicho, las cosechas se echaron a perder por las heladas y porque, entre otras cosas, la tierra estaba tan dura por el frío que no fue posible arar hasta bien entrado el mes de junio. Si bien en todo el Hemisferio Norte las consecuencias fueron terribles, fue en Europa donde más se notó la catástrofe. O las cosechas se perdieron por las heladas de julio y agosto (caso de Francia o Gran Bretaña) o lo hicieron por las intensas lluvias (caso de Europa Central).

El continente europeo acababa de salir de las guerras napoleónicas y se encontraba devastado. Las continuas campañas militares a lo largo de más de una década habían dejado sin reservas de grano a gran parte de los países, de modo que las malas cosechas hicieron que la hambruna fuera generalizada. En Londres se repartía diariamente una ración de sopa a la gente desfavorecida, igual que en la Edad Media. Se registraron disturbios en buena parte del país y marchas con el lema “pan o sangre”. En Irlanda e Italia hubo un violento brote de tifus que diezmó a la población. El precio de los cereales subió de tal modo que en Francia tuvieron que poner escolta militar a los carros que transportaban trigo para evitar que fueran saqueados. Los altos precios se mantuvieron a lo largo de 1816 y 1817 (llamado “el año de los mendigos”), a excepción de las zonas costeras, donde el transporte era más barato. En Alemania y Suiza la población sólo tenía para comer patatas podridas, y el país helvético tuvo que declarar el estado de emergencia nacional.

Una salida para los hambrientos fue la emigración. Alrededor de 60.000 personas se embarcaron hacia América, en su mayoría británicos e irlandeses, que tenían más fácil acceso a los puertos que la gente del interior de Europa. No obstante, las condiciones en el puerto de Amsterdam eran tan malas que muchos de los que llegaron allí con el propósito de embarcar se dieron media vuelta y regresaron a sus casas. Otra gran parte de la población emigró hacia Rusia, donde las cosechas fueron normales hasta el punto de que el zar Alejandro I autorizó el envío de grano al oeste de Europa.

Las consecuencias en España y Portugal no iban a ser menores. Las temperaturas bajaron entre dos y tres grados de media por debajo de lo habitual en época estival. Las gélidas temperaturas mataron las cosechas de fruta, y especialmente hicieron daño a la uva. Los olivos, muy sensibles al frío, no aportaron una recolección de calidad. Los agricultores tuvieron el esfuerzo extra de separar el cereal seco y maduro de las semillas verdes, por los retrasos en la cosecha. No obstante, no se dispone de más datos de este periodo pues Fernando VII había vuelto del exilio y (consciente del daño que le podría causar) eliminó la prensa durante los años 1815 a 1820. Sin embargo, recientes estudios de la Universidad de Santiago han encontrado pruebas de que muchos hórreos gallegos estuvieron vacíos ese año. Han encontrado también un documento que dice sombríamente “hai moitos mortos polos camiños”.

En Norteamérica la situación no fue mucho mejor. A pesar de que los campesinos consiguieron salvar gran parte de las cosechas de maíz y otros cereales, los precios no dejaron de subir. La avena, por ejemplo, multiplicó su precio por ocho. Gran parte de las ovejas, que ya habían sido esquiladas, murieron congeladas por las heladas de junio. En Terranova apenas tenían para subsistir y tomaron la decisión de cerrar el puerto a los barcos que trajeran inmigrantes europeos. La gran demanda de grano en la frontera del noroeste trajo como consecuencia la especulación de tierras y la masacre de indios. De hecho, el precio de los cereales era tan alto que cuando volvió a la normalidad se produjo el llamado Pánico de 1819, la primera gran depresión económica de los Estados Unidos. Sus efectos duraron hasta bien entrado 1820 y paró en seco la expansión hacia el oeste.

La situación en Asia fue también terrible. Por supuesto, la zona más afectada fue Indonesia, donde la pérdida de las cosechas propició una hambruna que duró años. La alteración de los monzones fue la causa de una epidemia de una nueva cepa de cólera que se extendió por todo el planeta a lo largo del siglo XIX y que causó millones de muertos. En la provincia china de Yunnan las cosechas se perdieron completamente y la población acabó comiendo arcilla. Para cuando los precios se recuperaron, los campesinos de la región cambiaron la siembra de cereales por la más rentable siembra de opio, dando origen a lo que hoy se conoce como “Triángulo de oro”. De hecho, a mediados del siglo XIX esta región era la mayor productora del mundo. También en China, el hambre y el frío provocaron la deserción masiva de los reclutas del ejército.

Por aquel entonces no se tenía una ciencia meteorológica demasiado avanzada, por lo que se atribuía la situación a la cólera de Dios. Muchos veían en las muertes, el hambre y el frío las señales de un inminente apocalipsis por haberse apartado de la religión. En todo el mundo se instaló un pesimismo generalizado y una falta de esperanza en lo que habría de venir. Era el caldo de cultivo perfecto para predicadores y charlatanes. No en vano, fue en esa época cuando Joseph Smith, huyendo del hambre en Vermont, tuvo su famosa visión que dio lugar al nacimiento de la religión mormona.

Pero no todo fue destrucción en el año sin verano. También se produjeron explosiones creativas que enriquecieron el arte y la cultura humana. Así, por ejemplo, se dice que durante el frío año de 1818 se estropeó el órgano de la iglesia de San Nicolás en Oberndorf, Austria. El sacerdote Joseph Mohr quería música para celebrar la misa del gallo y le pidió a Franz Gruber que compusiera una melodía para la letra de un poema que había compuesto en 1816 y la tocara con la guitarra. Así fue como nació el villancico más famoso de todos los tiempos: “Stille Nacht, Heilige Nacht” (“Noche de Paz, Noche de Amor”).

En el terreno científico también hubo noticias que reseñar. En Alemania, la falta de avena para alimentar a los caballos pudo haber inspirado al inventor alemán Karl Drais el estudio de nuevas formas de transporte sin animales, inventando la dresina o velocípedo, que fue el ancestro de la actual bicicleta y un paso más hacia el transporte personal mecanizado. Asimismo, las noticias de la escasez de hielo en el Polo Norte propiciaron que el Almirantazgo británico enviara expediciones para encontrar el mítico paso del noroeste. El problema fue que se tardó tanto en organizar dichas expediciones que para cuando llegaron los hielos habían vuelto a su nivel habitual y no pudieron abrirse camino.

Por lo que respecta a la pintura, el mejor legado que nos queda es el de William Turner. Conocido como el pintor de la luz, se especializó en paisajes y se le considera el precursor del impresionismo. Se cree que los intensos atardeceres de 1815 y 1816 inspiraron parte de su obra, en la cual refleja el poder de la naturaleza sobre el ser humano. Muchas veces se ha afirmado erróneamente que las veladuras típicas de sus cuadros se debían a un defecto en la vista del pintor, cuando en realidad Turner se limitaba a reflejar los tonos del cielo que recordaba de aquellos atardeceres que había presenciado en su juventud.

Sin embargo, la consecuencia artística más famosa de este año sin verano se produjo en una casa cerca de Ginebra, a orillas del lago Leman, llamada “Villa Diodati”. Allí se encontraban veraneando varios escritores que, aburridos por el mal tiempo y las lluvias incesantes, hicieron la apuesta de contarse cada noche historias de terror. Entre los ocupantes de la villa estaban Lord Byron, el poeta Percy Shelley y su amante Mary Godwin (posteriormente Mary Shelley). De aquellas veladas nacieron el poema “Oscuridad”, de Byron, o el relato “El vampiro”, de William Polidori, que sirvió de inspiración al posterior “Drácula” de Bram Stoker. Pero sin duda la obra cumbre de aquellas veladas fue el relato llamado “Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley, una de las cumbres de la literatura universal, y sin duda una de las mejores novelas de terror de todos los tiempos.






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