miércoles, 13 de junio de 2018

AMAZONAS GUERRERAS





AMAZONAS GUERRERAS




Antes de nuestra era, el papel de la mujer en la milicia siempre fue testimonial, reducido a tareas auxiliares, excepto en un puñado de casos exóticos. Son conocidos los casos de la reina guerrera Nzinga de Matamba, en la Angola del siglo XVII, que bebía la sangre de los portugueses y tenía un harén masculino; o las cuatrocientas guardias femeninas de Mongkut, el rey de Siam. Pero, sin duda, las más famosas fueron las amazonas de Dahomey, que pagaron con sus vidas el alarde de valor que demostraron en el campo de batalla ante la Francia colonial.
Cuenta Diodoro Sículo en su Biblioteca histórica que trece amazonas acudieron a Troya para ayudar a defender la ciudad del famoso asedio aqueo y fueron cayendo a manos de los grandes héroes que protagonizaron aquel episodio: Áyax, Idomeneo, Diomedes… Quien más se fajó en ello fue Aquiles, que acabó con la mitad de ellas: Polemusa, Antandra, Hipótoe, Harmótoa, Antíbrota y, finalmente, la propia Pentesilea, hija del dios Ares y la reina amazona Otrera, y hermana de Hipólita, otra soberana célebre porque Hércules le arrebató su cinturón para entregrárselo a Admete, la hija de Euristeo, en el que fue su noveno trabajo.
La importancia que dieron los griegos a las amazonas como sus antagonistas míticas terminó por traer su aceptación en clave histórica, de manera que todos los autores helenos daban por real a aquel insólito pueblo. Heródoto, que las llamaba Andróctonas (o sea, “asesinas de varones”), situaba su país entre Escitia y Darmacia mientras Filóstrato lo hacía en el sur de la actual Turquía, Procopio las llevaba hasta el Cáucaso y Amiano al río Don; para Esquilo eran escitas de origen, trasladadas al norte de Asia Menor.
Esa presunta historicidad avalada por los clásicos, a pesar del escepticismo manifestado por Estrabón, hizo que la leyenda fuera asumida como cierta también en la Edad Media, algo en lo que colaboró la fantasía de Marco Polo al hablar de una isla habitada exclusivamente por mujeres que mantendrían contacto cada primavera con los varones de otra cercana, exclusivamente masculina. Fue la llegada del Renacimiento la que empezó a poner en duda su existencia, si bien el tema era demasiado jugoso como para que los literatos y artistas lo dejaran escapar en una época caracterizada precisamente por la recuperación de la iconografía clásica greco-romana.
Así, poemas, pinturas, esculturas y obras de todo tipo consolidaron el arraigo del mito, especialmente en la mente popular, de forma que cuando se descubrió el Nuevo Mundo los conquistadores españoles identificaron amazonas por todas partes cuando veían a mujeres indígenas esgrimiendo armas. Lo hicieron Colón con las caribes de la isla de Matinino, Cortés con las mujeres de otra isla de la provincia mexicana de Cihuatán, Vázquez de Coronado con las biritecas del reino costarricense de Coctú y, sobre todo, Orellana con las que les asaetearon cuando descendía por el Marañón (al que se renombró Amazonas por eso).
De hecho, no sólo fueron los españoles los que creyeron ver esa encarnación americana de la leyenda, ya que el alemán Ulrico Schmidl reaccionó igual con las indígenas de la Cuenca de la Plata y Walter Raleigh con las de la Guyana. Es decir, las amazonas siempre se localizaban en los confines del mundo civilizado por lo que, al margen de que la arqueología haya confirmado ciertas bases reales (las mujeres sármatas y escitas solían participar en la guerra y a menudo buscaban pareja en pueblos vecinos), no es de extrañar que el descubrimiento de un cuerpo militar femenino en el África subsahariana terminara asimilado por los exploradores blancos con el mito griego.
Ocurrió en Dahomey, un estado situado en la franja litoral de la actual República de Benín donde habitan los yoruba, etnia que abarca buena parte de la región oeste del continente y constituye también un importante porcentaje de la población de Nigeria, Togo y Sierra Leona, pero también otras etnias que formaban un complejo e inestable puzzle; en Dahomey predominaban los fon. El Reino de Dahomey, nombre que deriva de Abomey o Abomé, una ciudad bautizada así por la muralla (agbomé) que la rodeaba, fue creciendo poco a poco a partir del mandato del rey Aho, que lo dotó de estructuras de estado. Entre ellas un eficaz ejército que permitió su independencia y expansión.
Sin embargo, la escasez de guerreros disponibles que se encontraron sus sucesores para poder garantizar su privilegiada situación y afrontar la enorme superioridad numérica de los yoruba llevó a uno de ellos, Agadja, que reinó entre 1708 y 1732, a crear un cuerpo de mujeres guerreras que heredó las funciones que antes desempeñaba el gbeto, una unidad de cazadoras de elefantes impulsada por su padre Houegbadja, el tercero de la dinastía, unas décadas atrás. Las féminas de Agadja realizaban labores de guardia personal, aunque en 1724 también participaron en la guerra contra Allada y en 1727 en la conquista de Savi, la capital del vecino Reino de Whydah, que fue anexionado.
Por aquella época ya había europeos comerciando en la zona, fundamentalmente con esclavos pero también con otros productos, lo que llevó a Dahomey a una gran prosperidad económica. Fueron los blancos quienes dejaron testimonio de la contienda con Whydah y de aquel insólito grupo de guerreras armadas con mosquetes a las que, inevitablemente, llamaron amazonas, aunque ellas se autonombraban Ahosi o Mino, que significan respectivamente “Esposas del Rey” y “Nuestras madres” en la lengua fon (un subgrupo del gbe, el cual se extiende desde el este de Ghana al oeste de Nigeria y aglutina una veintena de dialectos).
Ahora bien, frente a la buena marcha de la economía había algunos problemas. Uno de ellos estaba en las dificultades demográficas, que obligaban al rey a establecer un control de natalidad positiva que compensase los sacrificios humanos y las pérdidas en combate. Peor aún fue cuando el imperialismo de Dahomey se estrelló contra Oyo, otro reino yoruba del sudoeste de Nigeria, por el control del negocio esclavista. La debacle fue de tales proporciones que hubo que pactar un vasallaje y pagar un tributo anual, una parte simbólica en esclavos (41 jóvenes y 41 doncellas) y otra, más práctica, en mercaderías.
Llegó entonces una fase de decadencia, agudizada porque los sucesores de Agadja convirtieron el esclavismo en monopolio real justo cuando se produjeron la Guerra de Independencia estadounidense y la Revolución Francesa, que redujeron la demanda considerablemente agravando el descenso de actividad de las factorías costeras. La subida al trono de Ghézo en 1818 constituyó un golpe de timón porque resultó ser un estadista de primera que reformó la administración, introdujo un nuevo producto de interés para los extranjeros, el aceite de palma, y recuperó el negocio esclavista gracias al final de los conflictos antes señalados, si bien ya no alcanzaría las proporciones de antaño porque la Royal Navy patrullaba las aguas persiguiéndolo.
Ghézo también emprendió una política militarista que le permitió liberar a Dahomey del dominio de Oyo e iniciar una serie de conquistas que doblaron el número de habitantes sobre los que gobernaba, pasando a dos millones; por eso se conoció a su reino como la Esparta Negra. Evidentemente, para ello fortaleció el ejército, dotándolo de mejor equipamiento, organizándolo en regimientos con nombres propios y creando un ceremonial militar como en los de Europa. Y parte de esa tropa la componían las Mino, reclutadas a veces entre mujeres cautivas extranjeras (como pasaba también con los hombres) pero sobre todo entre las libres dahomeyanas.
El nombre de Ahosi, que antes veíamos que significaba “Esposas del Rey”, hacía referencia a que muchas de ellas integraban el harén real, en el que figuraban cientos de consortes. En suma, el sistema de reclutamiento incluía tanto a voluntarias como a forzadas; en plan anecdótico se puede reseñar que entre esas últimas había a veces mujeres cuyos maridos o padres las habían denunciado por algún comportamiento inadecuado -agresividad sobre todo-, de ahí que algunas entraran en esa milicia ya en la infancia, a veces a edades tan tempranas como los ocho años.
Eso sí, formar parte de aquel cuerpo implicaba la renuncia a la vida matrimonial -aún cuando siguieran siendo consortes del rey- y a tener descendencia; de hecho las que ingresaban de pequeñas solían conservar la virginidad. A cambio realizaban un intenso entrenamiento con ejercicios físicos, técnicas de supervivencia, resistencia al dolor (físico y psicológico) y tácticas bélicas, tanto ofensivas como defensivas. Practicaban el asalto a posiciones pisando ramas de acacias (este tipo de árbol posee agudas espinas) para endurecer la piel de los pies y se encargaban de ejecutar personalmente a los prisioneros para insensibilizarse emocionalmente, parece ser que, en efecto, no tenían piedad y mostraban una crueldad especial.
Por supuesto, las Mino gozaban de un estatus socioeconómico privilegiado (Sir Richard Burton contó que tenían cincuenta esclavos cada una y en sus paseos siempre iban precedidas por uno que agitaba una campanilla para que la gente le dejara paso, pues tocarlas implicaba pena de muerte) que les permitía también el acceso a puestos de influencia política. Así, sus jefas eran miembros del Gran Consejo y tomaban parte en las decisiones. Esta abigarrada mezcla de disciplina, belicosidad, prestigio y ascetismo les confería un carácter misterioso, casi sagrado, que entroncaba con la fe de la etnia fon (la mayoritaria en Dahomey) en el vudú, la religión animista común que compartía con otras etnias como la ewe, la mina y la kabye (que habitaban áreas de las actuales Ghana, Benín y Togo).
Esa impresión que causaban en el pueblo se incrementaba con los vistosos desfiles que hacían por las calles o la ceremonia anual de juramento de fidelidad al rey, en que sacaban a lucir sus mejores galas y exhibían el armamento occidental que utilizaban, que en la segunda mitad del siglo XIX incluía ya rifles de repetición Winchester, aparte de sus armas blancas tradicionales (a mediados de esa centuria recibieron uniformes y equipos daneses que les dieron un aire aún más impresionante a ojos de la población). El misionero italiano Francesco Borghero dejó escrito que esos eventos solían incluir batallas simuladas en las que las Mino representaban el asalto a un fuerte y capturaban a sus defensores.
Un tercio del ejército de Dahomey estaba formado por estas amazonas; en números, entre un millar y seis mil efectivos (las cifras fueron reduciéndose con el tiempo) que en la práctica constituían la guardia real, a su vez subdividida en tres unidades, una central y dos de flanco. Eso no quiere decir que fueran invencibles, claro, y se apuntaron una derrota en la incursión que intentaron contra Abeokuta, una ciudad situada en el actual estado nigeriano de Ogun que había sido fundada en 1825 en un macizo rocoso para que los pueblos de los alrededores pudieran refugiarse eventualmente de las razias esclavistas.
Los pueblos originales de Abeokuta eran de etnia egbe, prófugos del reino de Oya que, a esas alturas, se estaba desmoronando; pero luego se les unieron otros yoruba. El caso es que ocupaban una región estratégica para el comercio de aceite de palma, así que constituían una molestia para Dahomey, que trató de eliminarlos en 1851 tomando la ciudad. Lamentablemente, se encontró que ésta era casi inexpugnable, que los egbe obtenían la ayuda de misioneros y además disponían de armamento moderno adquirido a los británicos, con lo que las huestes del rey Ghézo, Mino incluidas, fueron estrepitosamente derrotadas en 1851. Dahomey encajaría un nuevo fracaso en una segunda tentativa, en 1864.
El final de las amazonas llegó, como cabía esperar, a manos de los europeos; franceses, para ser exactos, que fueron quienes colonizaron esa parte de África. La facción de las Mino era partidaria de estrechar relaciones con Inglaterra basándose en que ese país se centraba en el comercio de aceite de palma al proscribir y perseguir la esclavitud, pero otros pueblos de la región prefirieron ponerse de parte de la bandera tricolor. Se reprodujo así en aquel continente lo que un siglo antes había pasado en América del Norte, cuando las tribus indias se vieron envueltas en la Guerra los Castores que mantenían Londres y París por el control de aquel territorio.
En 1890 el rey Béhanzin declaró la guerra a los galos después de que éstos fundaran un protectorado en Porto Novo, un vasallo de Dahomey, amenazando los intereses económicos del reino. Cuando los dahomeyanos protestaron al gobernador, éste, en un alarde de arrogancia, mandó arrestar a sus dirigentes y así se encendió la chispa. El ejército del rey se dedicó a destruir las palmeras y Francia tuvo que negociar: veinte mil francos anuales a cambio de permitir la apertura de una factoría aceitera. Pero Béhanzin usó el dinero para comprar a los vecinos alemanes miles de rifles de repetición, grandes cantidades de municiones, granadas, ametralladoras e incluso cuatro cañones Krupp.
Su objetivo no eran los franceses sino defenderse de los vecinos pero, en cualquier caso, se trataba de un peligroso panorama que los colonizadores no podían dejar pasar; así, aprovecharon un incidente menor en 1892 para iniciar una campaña. Aunque estaban en inferioridad numérica (dos mil hombres frente a los doce mil contrarios) en la batalla de Cotonou los legionarios no sólo se impusieron sino que causaron graves daños al enemigo: dos mil muertos y tres mil heridos frente a sólo setenta y siete bajas galas. Incluyendo a casi todas las amazonas, después de que cargaran cuchillo en mano contra los soldados; y eso que éstos dudaron entre tirar a matar o sólo a herir, lo que les costó algunos caídos.
Dos años más tarde, en Adegon, durante una segunda campaña por la negativa del rey a aceptar el pago de una indemnización y entregar las armas, las Mino fueron aleccionadas para centrar su ataque en los oficiales pero nuevamente fracasaron -únicamente mataron a seis- y las bayonetas acabaron con cientos de ellas; a pesar de su audacia y valor, ensalzado por los propios soldados, resultaron inútiles contra tropas coloniales. Aquella guerra supuso el final del Reino de Dahomey, que pasó a ser un protectorado.
Se cuenta que la última de las cincuenta supervivientes de aquel peculiar cuerpo fue una mujer llamada Nawi que afirmaba haber combatido en Cotonou y vivió más de cien años, hasta 1979.





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